Hay personas sencillas, distintas, mágicas.
Luces que conviven disimuladas entre el gentío. Caminan, se visten, y comen, se ríen, y lloran y se resfrían, envejecen y aprenden a pasar desapercibidas, pero cuando te miran, o cuando te dejan mirar, caen todas las creencias y máscaras y te sientes pequeña y desprotegida, pero a salvo.
Miradas sabías, calmadas, brillantes. A veces desgastadas por el día a día. A veces demasiado agotadas de saber ver, del entendimiento, de querer conseguir engañarse con el “todo cambiará algún día”.
Y a veces plenas, disfrutando poco a poco los días, con el equilibrio de ver el primer plano con perspectiva, sencillas, únicas, distintas. Ajenas al ritmo vertiginoso y absurdo de la ciudad. Saben vivir los minutos sin contabilizar, saben decidir.
Solo queda observarlas y aprender, leer y aprender, abrir los ojos y cambiar la mirada, aunque al principio resulte artificial, para ver más.
Por repetición los pasos pasan de inseguros a inquietos, nerviosos, infantiles. A veces andan hacia atrás.
Por repetición los pasos acaban siendo naturales, el movimiento respira, solo, sin necesidad de órdenes o artificios. Pero es un proceso lento, dilatado. Demasiado lento y dilatado para sobrevivir hoy, las circunstancias apremian, la paciencia renuncia, y en la habitación del tiempo perdido no cabe ni una hora más, acaso algunos minutos de cortesía.
A veces cuando te cruzas con esas personas mágicas caes en la seductora afición de la comparación y dudas, asombrada por su fuerza, te asusta la tuya, mermada y raquítica. Pierdes algunos minutos, has de convertir la duda y sopesar, decidir, y seguir.
Ya cogerá músculos, insiste, y vuelve a insistir.
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